el 3340 con humos de cabaret
Clarín
HUMOR A MITAD DE LA SEMANA
Juan José Santillán. ESPECIAL PARA CLARIN
Con humos de cabaret
Un show desopilante. Eugenia Guerty "debuta" con su primer chiste en público. Damián Dreizik no puede con su imagen.
Mimi Plusbelle, nombre de guerra inspirado en el mix de las hermanas Pons, estudió de memoria las definiciones del diccionario Espasa Calpe hasta la letra ch. Es húngara, araña los sesenta y ese tanteo por el castellano le basta para llevar un antifaz dorado, portaligas y recibir junto a un séquito de mujeres en paños menores al espectador de El 3340, con humos de cabaret. Miércoles a la noche, en el Teatro Anfitrión, de Venezuela 3340: el aire, recargado de purpurina, roza rostros acompasados por boleros y una tenue luz roja. De a poco, el público se instala en las mesas de un teatro de Almagro ambientado con estética de antiguo cabaret. Mientras las chicas merodean el espacio, pululan habitués del lugar y gente atraída por la curiosidad de una propuesta perfecta para el meridiano de la semana.
El 3340... cuenta con la coordinación escénica de Juan Parodi, que tiene a su cargo un elenco (variable) de siete actores. El show arranca con la presentación de Concha del Río (Noralih Gago), una diva que retornó de un exilio por "medio mundo" luego de sufrir la censura de su película de época Las yeguas de Yapeyú. Extraña militante del revisionismo histórico, recaló en Constitución y de allí se traslada por la ciudad con un glamour hoy inhallable en cualquier vedette de la calle Corrientes. Vestida de blanco, Del Río larga monólogos con acento entre una Graciela Borges a media mañana y una actriz de avisos Sprayette.
Ella le da pie a otras criaturas. Una ex bataclana devenida voz de una hot line (Mónica Cabrera), una cómica que pasa por el suplicio del primer chiste en público (Eugenia Guerty), los playbacks de un testimonio evangelista (Pablo Palavecino), una médica "rolinga" rodeada por un karma crónico de mala praxis (Marina Belatti) y el streep de la derrota llevado a cabo por Georgina Rey.
De pronto, un hombre (Damián Dreizik) de jeans rotos y brotado de flores en todo su cuerpo se abre paso entre el público y, aplomado en el escenario, asume: "y sí... me dejé estar". El tipo fue una eterna promesa estropeada por una fobia cuya altura, describe, no pasa el metro sesenta. En su monólogo es atacado por brotes psicóticos repentinos: brotes gauchescos, brotes ante la palabra wok y finalmente aclara que su vida es un brote...de soja. Vive en Palermo Soho, come tofu. Está harto. Así termina El 3340... y a minutos se consume el miércoles en una ensoñación trash de media semana.
Revista Funábulos
"EL 3340, CON HUMOS DE CABARET"
Nota completa aparecida en la edición en papel
Por Sonia Jaroslavsky
El 3340 es un varieté que recrea un cabaret. Y en ese “juguemos a que este lugar es…”, el espectador se detiene en la silenciosa calle Venezuela 3340, hace el guiño, el visto bueno, entra y se cree el engaño. Entre largas boquillas y mucho velo rojo unas gacelas con labios color estrella invitan a pasar. Te acomodan en las mesas que rodean en U el escenario. Pero el espacio escénico termina abarcando toda la sala ambientada con una estética estilo película Almodóvar con pizcas de arrabal porteño. Mientras, escuchamos a Ramona Galarza o Mina. Una mezcla extraña y seductora. La velada es anunciada por Concha del Río (Gago), una diva latina en decadencia, que oficia de presentadora y enlaza mágicamente los números: una bataclana (Cabrera), que muy a tono con la posmodernidad devino en voz de una hotline; una profe de gimnasia (Guerty) que se dopa para sobrellevar la primera vez en un escenario contando chistes ¿malos?; los ya clásicos playbacks de la gorda recuperada o el de la evangelista (Palavecino); una “medi” (Bellati) que se manda “garcadas” por mala praxis; un fóbico (Dreizik) que tuvo brotes hasta de soja y simplemente no da más. Pero si esto era poco, se suman el baile de las cuatro piernas (Salvatierra) y el streep de la derrota (Rey).La clave que encontró su director, es producir una forma donde los números complementen la totalidad sin perder su brillo. En la selección de los números se evidencia la búsqueda de un hilo conductor al introducir en su contenido seres decadentes y tiernos que tienen melancolía de lo que no son, no pueden, o de lo que fueron alguna vez. Pero, con cierto glamour berreta, se presentan con toda su dignidad, y al estar caricaturizados, nos dejan ver que cuando el humo se disipa, en sus caras se entreabre una sonrisa.Actúan: Marina Bellati, Mónica Cabrera, Damián Dreizik, Noralih Gago, Eugenia Guerty, Pablo Palavecino, Germán Salvatierra, Georgina Rey. Dirección: Juan Parodi. Miércoles, 21 hs. Anfitrión. Venezuela 3340.
http://funambulos-critica.blogspot.com/
Diario El Día

Mónica Cabrera, con su peculiar estilo para los monólogos realiza dos entradas regocijantes en su cáustico humor, donde desliza tanto ciertas críticas a nuestra historia gaucha como a la profesión de una suerte de señora Warren, una prostituta con estilo y familia que amar y mantener. Silvit Yori juega con la gordura y la fealdad en un diálogo atrevido con los espectadores, Natalia Villanueva baila con una muñeca atada a sus zapatos, Pablo Palavecino entra dos veces con su imagen digna del psicoanálisis y Laura Silva junto a Gustavo Monje airean el espacio con sus canciones y evocaciones de musicales de Hollywood, ambos con excelentes condiciones vocales e histriónicas, completando el staff de "3340" (con humos de cabaret).Teresa Murias, Make Casares y Desiré Salgueiro aportan su simpatía y buena disposición para las tareas de acompañar y servir sumándose al humor efervescente de todo el show, que Noralih Gago clausura casi arrodillada frente a los espectadores con un "Vuelvan, los espero, los amo". Si no lo dice textualmente, lo insinúa.Si va una vez, seguramente seguirá el consejo de quien sabe más por diva que por otra cosa.
Clarín Espectáculos

Los grandes del Buen Humor

"El 3340 con humos de cabaret" es uno de esos espectáculos que alcanzan la categoría de "de culto". Se ofrece en una sala alejada de los tradicionales circuitos teatrales solo una vez por semana y, sin embargo, esto alcanza para que el boca a boca haga su trabajo. Cada siete días nuevos espectadores, y aquellos que reinciden como verdaderos fanáticos, se congreguen para disfrutar de los números de variedades que ofrece este show delirante.El Teatro Anfitrión se transforma cada miércoles con tules, luces rojas, chicas sexies que invitan a pasar y un puñado de artistas por demás talentosos que hacen de su arte verdaderas joyas del humor. "El 3340..." tiene una anfitriona pintoresca, una diva venida a menos, inspirada en aquellas de los teléfonos blancos que pululaban por el cine argentino naif de los años cuarenta y cincuenta. Se trata de Concha del Río, la maravillosa, barroca y kitch maestra de ceremonias interpretada con genialidad por Noralih Gago. Absurda, simpática, y por demás fantasiosa, ella anima cada velada desde una irrealidad tan bien pintada que no solo se la cree ella misma sino que se la hace creer a los demás. Y sino, ¿qué más da? Bajo sus presentaciones desfilan los invitados de cada velada. Mónica Cabrera, otro talento con mayúsculas, dispara sus personajes tan disímiles que cuesta reconocer a la misma actriz detrás de la máscara. El elenco, rotativo, se compone por artistas que de lo suyo saben y mucho: Pablo Palavecino, Gimena Riestra, Damián Dreizik, Marina Bellati, Silvia Yori y Teresa Murias, entre otros. Intérpretes que saben hacer reír con altura, sin golpes bajos y demostrando una cuidadoso estudio de esas criaturas que vemos aquí y allá, tan cotidianas como reconocibles. Vendedores televisivos de productos inútiles que arremeten con su "llame ya"; una excéntrica que ridiculiza el lenguaje, una sala de guardia escatológica, boleros y algunas sorpresas más, componen cada noche de este cabaret tan simpático como delirante, previsiblemente decadente y con mucho talento recorriendo sus mesas. Una propuesta imperdible que ofrece la cartelera porteña para aquellos que desean cortar la semana con una de las grandes propuestas teatrales de las últimas temporadas y bajo el denominador común del buen gusto.
Elenco: Noralih Gago, Mónica Cabrera, Gimena Riestra, Damián Dreizik, Marina Bellati, Pablo Palavecino, Silvia Yori y Teresa Murias. Dirección: Juan Parodi.
Por Moira Soto

Los miércoles por la noche se abre un espacio para la distensión y la risa inteligente gracias a las humoradas de El 3340, un neocabaret al que no le falta nada para pasarla de maravillas entre monólogos, canciones y otros numeritos irresistibles que realiza el llamado “elenco inestable”: Noralih Gago, Mónica Cabrera, Eugenia Guerty, Gimena Riestra, Damián Dreizik, Marina Bellati, Pablo Palavecino, Silvia Yori, Teresa Murias, todos/as bajo la fusta de Juan Parodi. Lleven pañuelos, porque es para llorar de risa.
Liliana Felipe en el 3340
no sólo vieron el espectáculo, sino que hasta cantó una canción para deleite de todos los espectadores, que la aplaudieron a rabiar.
Después se quedó unas cuantas horas charlando con todo el elenco.
La Banda de la Risa

por Carolina Prieto
La entrada de Venezuela 3340, en pleno Once, parece salida de una película de Almodóvar. Metros de tul rojo cubren la puerta, engalanada con flores, cintas y un cartel en forma de corazón que anuncia: “La actriz Concha del Río recibe desde las 20.30 a su público”. Una vez adentro, las sorpresas crecen: suenan boleros y un puñado de chicas lindas, con aires de cabaret, ofrecen licores mientras acomodan a los recién llegados, algo perplejos frente a tanto derroche de color. Es un espacio íntimo, con mesitas de café-concert y una anfitriona más que especial: Concha (Noralih Gago), suerte de diva mexicana que, enfundada en un vestido blanco con plumas y boquilla, interpela a los espectadores, recuerda anécdotas y presenta a sus compañeros.
Lo que sigue, durante casi dos horas, es una serie de números breves de música, baile y humor a cargo de talentosos artistas. Mónica Cabrera es una ex fumadora al borde de un ataque de nervios y una bestial madama vía hotline; Damián Dreizik (quien junto a Carlos Belloso integraba el mítico dúo Los Melli) vuelve a deleitar con situaciones cotidianas que hace estallar desde su manejo del absurdo y del sinsentido; Pablo Palavecino conmueve como una cincuentona que encuentra alivio en un templo evangelista. Y un plus bienvenido: el aporte de Laura Silva y Gustavo Monje, que entre escena y escena versionan clásicos de jazz. Pero la que se destaca del resto, silenciosa y tímidamente, es Mariana Chaud, cuyas criaturas extrañas y perturbadas se alejan de todo cliché. Aquí compone a una chica que no para de preguntarse por el sentido de las cosas, desde el nacimiento de los bebés hasta la ridícula banderita que corona ciertos sandwiches o los paragüitas de algunos tragos. Verdaderos hallazgos, su voz y sus gestos son de una eficacia estremecedora.
El 3340 en el Festival de Rafaela

...Un claro ejemplo de la instrumentación de lo cómico al servicio de un producto más genuino y sin concesiones, fue "El 3340, con humos de cabaret", un exquisito producto que recupera la tradición de un cabaret nostálgico con aires de renovación, aggiornado a los tiempos que corren....
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http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/12-8899-2007-06-10.html
El Menú de Buenos Aires
Con estos versos comienza el tango Aquaforte de Marambio Catan y Pettorrosi. Cuentan que ambos autores compartieron una noche en el cabaret Exelsior de Milán y allí sopló la inspiración que luego interpretaron Agustín Magaldi, Carlos Gardel, Edmundo Rivero y Miguel Montero, desde 1929 hasta los 60. Sin embargo para historiar el Cabaret no es necesario cruzar el Atlántico, Buenos Aires los tuvo y animaron sus noches de mujeres y champagne. El Tabaris, El Chantecler, El Marabú y tantos otros que vivieron su apogeo decadencia y demolición. Las costumbres y los hábitos de los porteños cambiaron y el cabaret quedó en el imaginario popular de las generaciones que no lo llegaron a conocer o que conocieron su versión barata el “piringundin” o “cabarute”, remedo de aquellos que existían en el “bajo” –en Alen o Paseo Colón- concurrido por marineros, algún niño bien compadrón en decadencia y gente de avería.Juan Parodi, artista cabal, ha incursionado en la plástica en su Entre Ríos natal, se licenció en la Universidad del Cine, pero el teatro lo atrapó y desde hace unos años integra el Grupo Anfitrión fundador del teatro homónimo. Allí dirigió Fotos de Infancia de Jorge Goldemberg con éxito premios y nominaciones y ahora transforma cada miércoles la recepción del teatro en el 3340 y como lo señala el título tiene “humos” de cabaret.La puesta comienza desde la boletería, las infaltables luces coloradas, un grupo de jóvenes atractivas que ofician de acomodadoras ofrecen licores y durante la espera un repertorio musical ecléctico nos sorprende: Desde Mina interpretando Sabor a mi a Ramona Galarza cantando el vals criollo La vestido celeste, se puede escuchar una selección inimaginable de versiones antológicas de distintos géneros. El show comienza con la aparición de una mujer –Noralih Riestra- una diva decadente que nos habla de sus éxitos por el mundo; de su partida de Buenos Aires en la búsqueda de nuevos horizontes. Ya olvido el idioma de los porteños. Habla en un idioma entre español-centroamericano parecido al de los exiliados cubanos en Miami. Ella es el alma mater del 3340, vestuario, tics, caprichos propios de las estrellas de teléfono blanco que dicho sea de paso hay uno en el escenario que al promediar la noche lo usa y llora como la Magnani en aquél film basado Cocteau.La estructura escénica que eligió Parodi es simple, la anfitriona presenta, interactúa con el público como los capocómicos de la revista y cada número es interpretado por Gimenna Riestra, Mónica Cabrera y Damián Dreizik . Los distintos monólogos no ahorran críticas, sociales, políticas y religiosas. Apelan al humor inteligente blanco o negro, pero jamás a la chabacanería que arranca la risotada ordinaria y fácil. Cabrera pone en el escenario su experiencia actoral y lograría confundir al espectador si hubiesen más figuras en escena. Es capaz de interpretar dos personajes diametralmente opuestos acompañados con movimientos corporales que confirman sus dotes de actriz completa que no necesita micrófono y que le sobra talento para desplazarse en un escenario y adueñarse de él. Interpreta por ejemplo a una mujer mayor, olvidadiza y monotemática. Su monólogo con pizcas de humor negro puede inscribe en el arte de la disgresión.Damián Dreizik y Gimenna Riestra son dos observadores de la realidad cada uno en su estilo. Dreizik parodia primero a los supuestos triunfadores, a los “premiados” con un humor incisivo e inteligente donde se cruza el realismo con el absurdo y al final a las “organizadoras de eventos” allí aprovecha para lanzar sus dardos a esa nueva manía nacional los mensajes de textos, el uso adictivo del teléfono celular y su correlato la soledad de aquellos que ya no saben como comunicarse de otra manera.Gimenna Riestra canta y además imita son celebradas la chica norteamericana y los exitosos vendedores de T.V. que adelgazan colocándose cinturones mágicos en el abdomen, ruedas en los pies y siguen comiendo como cuando eran gordos. El espectáculo tiene un intervalo que posibilita la deserción si el espectador se cansó de reir. Mucho varieté, mucho stand up y una muy buena armonización de Juan Parodi para elegir un elenco muy parejo y desopilante
Revista Ñ . Olga Cosentino

Crítica Portal Imaginación Atrapada
Por Diego Braude
Es miércoles, voy dando vueltas por la zona hasta que finalmente encuentro un lugar para estacionar que me convence. En la puerta del teatro Anfitrión hay luz y un personaje femenino con levitón y gorra recibiendo a los espectadores. Entro, un licorcito casero de invitación espera mientras avanzo entre la semioscuridad y las mesas distribuidas alrededor de lo que suele ser un espacio sin utilizar en otros momentos de la semana: un pequeño escenario. Como todo escenario, este se vuelve tal en el momento en que es utilizado, habitado por actores y no antes. Me siento y miro, realmente es difícil reconocer al Anfitrión de cualquier otro día de la semana. Una de las voluptuosas meseras se me acerca y pido algo poco inspirado (“un café en jarrito, por favor”); día largo, semana larga.
El neo-cabaret es una mezcla que recuerda a la vieja tradición, al café-concert y a reductos más recientes de los ´80s y principios de los ´90s (todo, de alguna manera, condensado en la figura de Mimí Plusbelle, mesera-personaje, ataviada con brillos y antifaz). La tenue luz colorada, las meseras voluptuosas, tules. A mi alrededor, habitués y primerizos (el espectáculo ya va en su tercera temporada y tiene un público hecho que suele retornar).
La omnipresente Concha del Río, diva que estuvo exiliada del país por décadas debido a su escandaloso film “Las yeguas de Yapeyú”, retorna a su amado público (nosotros, por supuesto). A lo largo del show traerá memorias y anécdotas varias, todo siempre con una voz profunda, un acento no del todo identificable, y una permanente seducción. Y, cada tanto, la maestra de ceremonias habrá de ceder el espacio a otros personajes para que lo pueblen. Varieté.
El elenco suele incluir a Mónica Cabrera, Gimena Riestra, Damián Dreizik o Marina Bellatti, y cada tanto pasan Eugenia Guerty, Mariana Chaud, Pablo Palavecino y otros. Lo que se dice una galería de personajes. Describir lo que hace cada uno es como explicar un chiste, y nada más odioso que eso. De la noche de mi presencia me llevo la sonrisa de plástico de la voz de TV Compras (Gimena Riestra cuenta su camino al estrellato), el relato demencial de una Lita de Lázari rediviva contando sus experiencias paranormales (Damián Dreizik) o el discurso de esa profesora de Lengua y Literatura que ha perdido la memoria y la va recogiendo de a pedacitos – me vi, con mi tendencia a la asociación libre, dentro de unas décadas… - (Mónica Cabrera). Y, por supuesto, a la inigualable Concha (Noralih Gago).
No hay nada de apresurado, nada desmesurado (o, en todo caso, la desmesura con mesura). Delirio calculado (como las frases y la elegancia precisa de Concha o los olvidos de la Profesora), “El 3340”, según dicen, muta permanentemente, lo que hace que cada visita tenga la posibilidad de ser única. A veces más musical, a veces más centrada en el humor, otras un poco de todo.
Así, la noche va llegando a su fin; el día se hizo menos largo, la semana menos cansadora. La gente se levanta, el espacio se va vaciando, el humo y las luces del neo-cabaret del 3340 se apagan. Los personajes se guardan, quedan fuera de la vista, para que la ilusión no se rompa y siga flotando por ahí, como la esencia de un aceite que
http://www.imaginacionatrapada.com.ar/Teatro/el-3340-humos-de-cabaret.htm
Crítica Ladran Sancho
http://ladran-sancho.blogspot.com/
Crítica Rómulo Berrutti . Mundo Teatral
Es uno de los espectáculos más disfrutados de la cartelera. Y con esta cartelera, es mucho decir. Anfitrión arrancó el 2005 muy bien programado. Olfato, astucia (y suerte) indispensables para hacerse ver entre tanta oferta.
Los miércoles, con una sala repleta, un grupo de buenos intérpretes arma una especie de varieté del tercer milenio donde la base se apoya en números de genética remota pero los contenidos se nutren en el día a día. Entre plumas, tules, medias de red, penumbra y bien calculada banda de sonido, surgen personajes que van del excéntrico que baila con cuatro piernas al esperpento marginal. Este rubro se apoya en el talento de Mónica Cabrera, capaz de distorsionar hasta la caricatura extrema a una mujer-catástrofe de nítido trazo barrial, pero también a una profesional de hot line que se dispara en todas las direcciones. Con otro dibujo de trazo menos rotundo se luce Marina Belatti en dos salidas donde se impone la segunda, una enfermera dipsómana y maligna que parece parida por Antonio Gasalla en su mejor época. Igualmente gana Damián Dreizik cuando reaparece en un pobre tipo casi reducido a esclavitud por la voz del amo, mientras se consuela con ilusiones pobretonas de argentinísma felicidad. En lo anterior muestra su calidad pero le falta libro. El 3340 evidencia una mirada muy aguda en los dos momentos donde se despliega sobre el tablado el costado menos noble de la en general poco noble pantalla chica: los pastores brasileños y los mil y un chivos de médicos. Con registros tomados del aire sabiamente compaginados y una fonomímica de gran comicidad creada e interpretada por Pablo Palavecino, la burla se empina hacia lo más divertido de la noche. Dejamos para el final a la anfitriona, Noralih Gago, una maestra de ceremonias excelente, intencionada y sutil en la pintura de la diva tipo cine argentino de los cuarenta que tiene a la vez algo de aquellas boleristas desteñidas por el tiempo.Lo suyo es un cincelado muy fino, ideal para balancear el espectáculo en un delicado equilibrio. El público mixto, argentinos y turistas, consume y la pasa muy bien. Lo de “humos” en el subtítulo no es por que sí, en las pausas se puede fumar. Casi un delito ahora, pero bueno, se trata de un cabaret.-
Rómulo Berruti www.mundoteatral.com
http://mundoteatral.com/ar/elespacio/romuloberruti/nota.php?uid=240







